Escudo de Torreón

Escudo de Torreón

lunes, octubre 20, 2014

Recomendaciones para el otoño


Monumento a la Revolución Mexicana



Durante los últimos y más recientes años, el gobierno mexicano, particularmente el de Coahuila, creó el monopolio del diagnóstico médico. Solamente las instituciones oficiales de salud pueden determinar la existencia de pandemias como la de la Influenza A/H1N1 o el Dengue. Y si estas instituciones decidieron en el pasado que estas pandemias fueron inexistentes, pues entonces no existieron, oficialmente hablando.

Pero resulta que la burocracia de la salud no tiene mucha credibilidad, porque asume los roles de juez y parte, ya que sus médicos y empleados reciben salarios del Estado Mexicano. Por lo tanto, de manera voluntaria o bajo amenaza, se pueden prestar a campañas de ocultamiento de la verdad o de desinformación.

Las clínicas, sanatorios y laboratorios privados poseen todos los medios para detectar los patógenos que causan enfermedades como las arriba descritas, y en ellos laboran profesionales calificados. En cuanto a las pruebas más sofisticadas, la medicina oficial de Coahuila ha destacado en el pasado por su resistencia a enviar muestras (para su análisis) a otras ciudades que cuentan con centros especializados.

En Torreón, el azote de la influenza en 2012 y 2013 fue significativo.  Para 2014, ya entrada la temporada otoñal, con las lluvias y los primeros fríos, es de esperarse que los casos de influenza A/H1N1 (que al parecer llegó a México para quedarse) puedan surgir en cualquier momento. Las lluvias, los descensos en la temperatura y los descuidos personales pueden abrir camino a los primeros casos y a los posibles contagios posteriores. En vista de ello, es mejor prevenir que lamentar.  Hay que lavarse las manos con agua y jabón y usar geles antibacteriales. 

Si se sospecha que se padece gripe o influenza, no presentarse en lugares concurridos; taparse boca y nariz al estornudar, nunca usar la mano sin pañuelo desechable, y en caso de que le sorprenda el estornudo colocar el antebrazo. De preferencia, usar cubre bocas. A quienes desarrollen síntomas como fiebre alta, dolor de cabeza muy fuerte, dolor de ojos, fluido nasal, tos y un cansancio extremo, se les recomienda acudir al médico.

Y para cambiar de tema, mencionamos como dato curioso que en 2010, una encuesta realizada por la firma Mitofsky se propuso averiguar qué pensaba la ciudadanía sobre las celebraciones del Bicentenario del Inicio de la Guerra de Independencia, y las del Centenario del Inicio de la Revolución Mexicana.

De cada 5 personas a las que se les preguntó cuál de las dos luchas consideraba que era más importante celebrar, cuatro respondieron que la de la independencia nacional, y solamente una respondió que la revolución mexicana.

Y resulta interesante que quienes respondieron a favor de la independencia, eran miembros de los tres partidos políticos mejor posicionados: Partido Revolucionario Institucional, Partido de Acción Nacional, y Partido de la Revolución Democrática. Los encuestados no partidistas, contestaron de la misma manera, en la misma proporción.

En pocas palabras, este informe indicaba que si se obligaba a una persona a escoger por su importancia una de las dos celebraciones, independencia o revolución, cuatro de cada cinco optarán por la de la Independencia. Por la vigencia de su significado, la Independencia cuenta con un 80% de los votos, y la Revolución solamente con un 20%.


Esta proporción de cuatro a uno pareciera indicar la existencia de un desencanto sobre el significado actual de la Revolución Mexicana, a la cual, según la encuesta, se considera un fenómeno político y social del pasado que nada tiene que ofrecer en el presente. El pueblo ya no parece percibir los beneficios que aquélla trajo al liberar a la nación de la dictadura, del mal gobierno y de la pobreza. Nuestros gobernantes tienen una tarea pendiente: darles nuevo significado, actualizar para la ciudadanía mexicana los beneficios de la Revolución. 

lunes, octubre 13, 2014

Los místicos de octubre



San Francisco de Asís predica a las aves



Durante el mes de octubre, la Iglesia Católica celebra a algunos de sus místicos más esclarecidos, aquéllos que, por esa vía, llegaron a la cumbre de la santidad de vida. Entre ellos tenemos a Santa Teresita del Niño Jesús, quien fuera proclamada doctora de la Iglesia por sus escritos y doctrinas ascéticas y místicas, tan sencillas como comprensibles. 

En octubre se celebra también al inefable Francisco de Asís, el primer estigmatizado de quien se tiene noticia, el santo bueno y humilde, hermano de todas las creaturas. Celebramos también en octubre a Santa Teresa de Jesús, esa recia castellana del siglo XVI que iluminó el camino de la mística con sus “Moradas del castillo interior” y que  también se ganara el título de doctora de la Iglesia. Tenemos asimismo a Margarita María Alacoque, la santa de las revelaciones del Sagrado Corazón. 

¿Qué significa el término “místico”? ¿Por qué los místicos católicos, cristianos, judíos y musulmanes se han ganado un lugar especial en sus respectivas comunidades religiosas? 

A diferencia de la gran mayoría de creyentes de las religiones de origen bíblico, que conocen sobre la divinidad a base de conceptos y raciocinio, el místico es una persona que conoce a Dios de manera experimental. Es decir, no tiene tanto ideas sobre Dios, cuanto la experiencia de Dios como una persona viva que se comunica con ella, y con la cual ella se comunica. 

Los místicos son personas afortunadas y a la vez, desgraciadas. Gozan la presencia de Dios tanto como sufren su ausencia. Sobre estos fenómenos de amor y aparente desamor nos ilustran cantidad de escritos redactados por ellos mismos, y por otros santos que comprendieron a la perfección este camino espiritual. Un ejemplo de lo anterior está representado por las obras de  San Juan de la Cruz, su “Cántico espiritual”, “Subida al monte Carmelo” y la “Noche obscura”. 

El misticismo, esa clase de relación y vía de conocimiento de la divinidad, no es privativa de los cristianos. Hay místicos judíos y musulmanes. Y tienen además algo en común: han experimentado a la divinidad como un purísimo amor transformante. 

Para ellos, Dios es amor, un amor que está por encima de todo. Es amor que incendia a quien lo experimenta. Es amor que urge a amar al otro, incluso por encima de las diferencias religiosas. El místico español murciano del siglo XII, Abu Bakr Muhammad Ibn Arabí (contemporáneo de Francisco de Asís) comprendió a la perfección este llamado al amor sobre toda barrera religiosa. Suya es esta reflexión: 

“Mi corazón se ha hecho capaz de acoger todas las formas. Es prado para las gacelas, monasterio para los monjes, templo para los ídolos, Kaaba para el peregrino, Tablas de la Torá y Libro del Corán. Profeso la religión del Amor, y voy donde me lleve su cabalgadura, pues el Amor es mi religión y mi fe”. 

En pocas palabras menciona que su corazón está por encima de las aparentes divisiones de las religiones, ya que el amor al prójimo que satura su corazón, está por encima de las diferencias teológicas o ideológicas. 

En realidad, la misma idea se encuentra en una parábola del evangelio de Lucas 10: 25-37, pasaje en el cual un judío y un samaritano viven una experiencia que estaba muy por encima de sus respectivas religiones. Judíos y samaritanos eran algo semejante a católicos y protestantes en Irlanda, enemigos declarados. 

Los correligionarios del judío caído en desgracia pasan de largo y lo dejan abandonado en su miseria. Pero es el enemigo religioso, el samaritano, el que lo recoge y lo lleva a una posada para que se recupere de sus heridas, a la vez que se hace cargo de los gastos. 

Esta es precisamente la enseñanza de Jesús, de Ibn Arabí, de Rumi, y de una pléyade de místicos que han experimentado, a lo vivo, el amor de Dios: el amor al necesitado debe de estar muy por encima de las divisiones religiosas. Todos somos familia. 

jueves, octubre 02, 2014

46 años de impunidad


Un presidente asesino


Hoy se cumplen 46 años de la abominable y aún impune matanza de Tlatelolco, así como del inicio de las criminales persecuciones posteriores que duraron semanas. Sin embargo, nadie le pidió cuentas al ex presidente Díaz Ordaz, quien asumió la responsabilidad del hecho. 

Pero tampoco se ha podido actuar legalmente en contra del que entonces era Secretario de Gobernación y posteriormente Presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez. Más allá de las fallas, carencias o corrupciones del sistema legal mexicano, el pueblo sabe bien que este individuo tuvo culpa y responsabilidad en los hechos del 68. ¿Será que goza de la protección de los Estados Unidos? 

¿Cómo pudo un gobierno que manejaba la Revolución Mexicana como bandera, y al pueblo mexicano como sujeto y beneficiario de la justicia social lograda por dicha Revolución, masacrar a indefensos hombres, mujeres, jóvenes y niños de una manera tan alevosa y cruel? Ni el odiado Porfirio Díaz, y ni siquiera los autócratas zares, llegaron a tanto. 

¿Estuvo de por medio la paranoia de los Estados Unidos contra todo aquello que oliera lejanamente a comunismo en el mundo occidental de 1968, y de manera particular en su frontera sur? ¿Influyó la Primavera de Praga, los movimientos estudiantiles de Francia y de los Estados Unidos de 1968? ¿Tuvo Estados Unidos participación en los sucesos del 2 de octubre por temor a las infiltraciones cubanas o soviéticas en los movimientos estudiantiles mexicanos? 

¿Por qué el ex presidente Echeverría goza de tal inmunidad que ha sido imposible hasta ahora fincarle responsabilidad alguna?  Quizá las leyes del país lo protegen, y aún eso es discutible. Pero ciertamente y en el dudoso caso de que lo proteja la ley, no lo cobija la justicia. Lo legal no necesariamente es lo justo. Y en este país de impunidades, el genocidio del 2 de octubre de 1968 sigue sin culpables y sin castigos. 

Todos los mandatarios, al jurar y tomar posesión de su cargo, declaran solemnemente que si no cumplen bien con su cometido, “la nación se los demande”. Toda una nación le ha estado demandando al señor Díaz Ordaz y al señor Echeverría la responsabilidad que tuvieron en los hechos, y sin embargo, no hay recurso legal que valga. ¿No debería su partido político tomar cartas en el asunto y deslindarse de tal individuo fincando responsabilidades y aplicando el justo castigo? ¿Las acciones de un mal priísta no manchan la reputación de su partido?  Pareciera que no, como lo hemos visto en el caso del líder del PRI en el DF, quien sigue impune. 

Vicente Fox, en su momento, manejó como promesa de campaña presidencial perseguir y encarcelar a todos aquellos personajes que tuvieran deuda con la justicia, comenzando por Luis Echeverría. Sin embargo, Fox no solamente no cumplió su promesa, sino que se hizo cómplice de los delincuentes que iba a perseguir, al no proceder contra ellos.

El gobierno del presidente Calderón no se queda atrás por lo que se refiere a los crímenes de lesa humanidad, aquéllos que llamó desdeñosamente “daños colaterales”. Y como no están debidamente documentados, realmente no podemos conocer la magnitud de los hechos. 

Es decepcionante que en México el peso del sistema legal solamente se aplique contra los débiles y los indefensos, mientras que los verdaderos ladrones y asesinos mueren libres, algunos de ellos cobrando pensiones salariales pagadas por el mismo pueblo que masacraron.

viernes, septiembre 26, 2014

Las fiestas patrias




Mañana sábado 27 de septiembre de 2014 se cumplirán 193 años de la entrada triunfal de Agustín de Iturbide y sus fuerzas libertadoras a la Ciudad de México. En aquel día, México surgió ante la comunidad de naciones como país independiente. Serán 193 años de que se llevó a cabo el solemne desfile del ejército de las Tres Garantías y de los viejos soldados insurgentes que habían sobrevivido. 

La magna empresa quedó consumada gracias al apoyo de las cúpulas de poder, la aristocracia, el alto clero y los mandos del ejército, y gracias al talento de Iturbide como diplomático y su enorme prestigio como militar de alto rango.

El acta de independencia con la que se erigió México ante el mundo como país libre y soberano se escribió y firmó en la ciudad de México al siguiente día, el 28 de septiembre de 1821.

De esta acta se envió una copia al Partido de Parras, cuya jurisdicción comprendía por entonces prácticamente toda la Comarca Lagunera de Coahuila. El 6 de octubre de 1821, la Soberana Junta Provisional Gubernativa dio algunas instrucciones para la jura de la independencia, particularmente para aquellos lugares alejados a la ciudad de México.

Durante la mayor parte del siglo XIX, la Comarca Lagunera y las poblaciones de su jurisdicción celebraron los días 15, 16 y 27 de septiembre como días patrios. El 15 y 16 en honor a los iniciadores del movimiento insurgente de 1810, y el 27 por ser el aniversario de la consumación de la independencia nacional.

Nunca hubo dudas del extraordinario papel que Agustín de Iturbide había desempeñado en la consumación de la independencia. El Himno Nacional Mexicano —en su versión larga u original— le dedicaba una mención muy honorífica. A finales del siglo XIX, el gobierno federal le dedicó una medalla o proclama de plata en el primer centenario de su nacimiento.

La naciente villa del Torreón surgió como tal por decreto del 24 de febrero de 1893, en honor al Plan de Iguala. Ya como ciudad, la población le dedicó al libertador Iturbide, con motivo de las fiestas del centenario, una de sus principales avenidas. Todavía en 1948 esta avenida llevaba su nombre, pero en ese año, el general parrense Manuel H. Reyes Iduñate, militar admirador del Varón de Cuatro Ciénegas solicitó al cabildo de la ciudad el cambio de nombre por el de avenida Venustiano Carranza. El cabildo aceptó y se verificó el cambio.

Como cronista e historiador interesado en la verdad de los hechos y no en el triunfo de las ideologías políticas, me parece que ya es tiempo de que México respete y venere la memoria de todos aquellos héroes que lucharon por el bien de la nación, independientemente de cuál haya sido su ideología política. Ni fueron héroes solamente los liberales, ni tampoco lo fueron únicamente los conservadores. Y existieron otros muchos héroes que no pertenecieron a estos bandos políticos o ideológicos, gente de quien ni siquiera se recuerda su nombre.

A 107 años de la elevación de Torreón a la categoría de ciudad, nuestra población tiene una deuda histórica con Iturbide, extraordinario militar y consumador de nuestra independencia nacional. No existe en la actualidad una sola calle o monumento que recuerde su gesta gloriosa, ni tampoco el acta de independencia, documento fundamental y principio de nuestra nación. Papelito habla. 

viernes, septiembre 19, 2014

La nación somos todos





La celebración de las fiestas patrias, aunque siempre es entusiasta, me deja con muy mal sabor de boca. El motivo principal de la celebración es la “independencia” de México. Pero al hacer una revisión mental de la historia financiera del país, lo que me viene a la mente es que sin independencia económica, no existe independencia política. La intervención francesa fue en su tiempo, un claro ejemplo de esta situación. La deuda externa de un país puede ser el grillete que lo ate en esclavitud a su amo, sea éste un gobierno extranjero o una institución de crédito de talla internacional. No es posible que un país como México, con una deuda externa verdaderamente estratosférica, celebre su “independencia” como nación “soberana”. 

Las reformas energéticas aprobadas este año por el congreso, muestran claramente cómo un país “comparte” sus recursos con otro, por causa de insolvencia. Pemex debería ser la industria insignia mexicana, ejemplo y orgullo de empresa nacionalista. Debería ser una industria generadora de recursos para toda la ciudadanía. Pero pareciera que de verdad esos recursos los hubiera “escriturado el diablo” (como decía López Velarde) para meter “cizaña” entre los mexicanos.

Si funcionara sin corruptelas ni impunidades, Petróleos Mexicanos podría generar los fondos para las pensiones de los jubilados y elevar el ingreso de las familias, y aún le sobrarían excedentes para crecer como empresa.  

Pero me encuentro con realidades diferentes. El neoliberalismo extremo ha infectado nuestras instituciones. En la práctica, no solo Pemex, sino la nación entera funcionan bajo un esquema patrimonialista empresarial que para nada contempla a la ciudadanía como una comunidad beneficiaria de la riqueza del país. Es decir, pareciera que los gobiernos nacionales aceptan cada vez más la idea de que sólo hay gobernantes y gobernados; que los gobernantes son los “accionistas” de una empresa llamada “México” y los gobernados, simples “trabajadores” a sueldo, legalmente ajenos al capital y a los beneficios (excedentes) de la empresa.  

Esta concepción se opone a la idea de una comunidad de ciudadanos que tienen derecho a las riquezas de su país, por el simple hecho de ser ciudadanos. Pienso en naciones petroleras como Kuwait, donde el 90% del empleo lo proporciona el gobierno, y, entre otras cosas, la educación básica, media y superior y la salud en hospitales de primerísima clase son derechos gratuitos de los ciudadanos precisamente como beneficiarios de la riqueza petrolera. Y vaya que México goza de más riquezas que la del petróleo. Su riqueza minera ha sido legendaria desde la era colonial.

En el fondo, esta visión utópica de una nación en la cual la ciudadanía percibe los beneficios de la riqueza de su país topa con dos grandes dificultades. La primera, la firme creencia en la desigualdad social de los mexicanos, noción que uno pensaría que se había quedado en la era colonial. Esta idea ha sido reforzada por el “darwinismo social” de los neoliberales. La segunda gran dificultad es que en México realmente vivimos una cultura de la corrupción. Sin embargo, reconocer el problema no exime a nadie de combatirlo. Al contrario, para quien está en situación de poder, reconocer el problema debería equivaler a declararle la guerra.

viernes, septiembre 12, 2014

La familia Iturbide-Huarte

Iturbide como autor y signatario del acta de independencia mexicana



El matrimonio formado por don Agustín de Iturbide y Arámburu y doña Ana María Huarte Muñiz, tuvo una vasta progenie que se distinguió en el servicio de la Patria Méxicana, lo mismo en el campo de las armas que en el de la política o la diplomacia. Por tratarse de información poco conocida, a causa de las festividades de la independencia nacional, considero relevante publicar estos apuntes, que están muy lejos de mostrar la vasta realidad de esta interesante familia. Las fuentes utilizadas consisten en diversos documentos, y como Cronista, conservo copia de los mismos para certificar su procedencia.

El primogénito de la pareja Iturbide-Huarte, Agustín Gerónimo José de Iturbide y Huarte fue bautizado el 30 de septiembre de 1807 en el Sagrario Metropolitano de la ciudad de México.

Cuando su padre fue proclamado Agustín I, Emperador Constitucional de México, el joven de 16 años se convirtió en Príncipe Imperial de México. Tras la caída de la monarquía, vivió en Estados Unidos y se dedicó a la diplomacia. Don Agustín Gerónimo murió en diciembre de 1866, apenas a dos semanas de haber regresado de un viaje por Europa. El deceso ocurrió en el Clarendon Hotel de Nueva York, y la causa fue una complicación renal del llamado “Mal de Bright”. No tuvo descendencia.

Ángel de Iturbide y Huarte, el segundo hijo varón de Agustín de Iturbide y Ana María Huarte, fue bautizado con los nombres de “Ángel María José Ygnacio Francisco Xavier” en 1816, en Querétaro. Recibió una esmerada educación en la Universidad de Georgetown, en Washington. En 1854 fue nombrado Secretario de la Legación Mexicana en los Estados Unidos. Se casó con la señorita Alice Green, bella jovencita originaria del Distrito de Columbia, hija de un capitán del ejército estadounidense del mismo apellido. Alice tenía fama de ser una de las grandes bellezas de los salones de sociedad estadounidense durante la Guerra Civil. De este matrimonio nació Agustín de Iturbide y Green, nieto por línea de varón del primer emperador mexicano. Don Ángel de Iturbide murió el 18 de julio de 1872.

Salvador María de Iturbide y Huarte fue el tercer hijo varón de la pareja imperial, y fue bautizado el 17 de julio de 1820 en la ciudad de México.

Felipe de Iturbide Huarte fue el cuarto hijo varón del Emperador Agustín I. De él no tengo información disponible.

Agustín Cosme de Iturbide y Huarte, el quinto y menor de los hijos varones de la pareja imperial, ingresó al ejército mexicano, donde ostentó el grado de Teniente Coronel. Durante la guerra de los Estados Unidos contra México, Agustín estuvo presente en las batallas de Monterrey, Buenavista, Cerro Gordo, y las que se libraron en los alrededores de la ciudad de México. Acompañó a Santa Ana a Puebla, desde donde fue enviado con despachos tan solo para caer prisionero de los rangers del Capitán Walkers en Huamantla, Tlaxcala, en 1847. En 1854 fue nombrado Ayuda de Campo de Santa Ana. Nunca se casó.

En 1865, la segunda pareja imperial de México, Maximiliano I de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia de Sajonia-Coburgo, en vista de que no podía tener descendencia propia, adoptó al pequeño Agustín de Iturbide y Green (nacido hacia 1862) como heredero de todos sus bienes y como sucesor en el trono de México. A la vez, se le otorgó el título de “Príncipe de Iturbide” con el tratamiento de “Alteza”. Estos decretos entraron en vigor al ser publicados en el “Diario del Imperio”, el periódico oficial de Maximiliano, el 16 de septiembre de 1865. En dichos decretos se menciona también al joven Salvador de Iturbide Marzán, como sujeto de los mismos privilegios que Agustín, su primo. Previamente, en el castillo de Chapultepec, con fecha del 9 de septiembre de 1865, Maximiliano y los jefes de la familia Iturbide habían firmado un tratado de ocho puntos relativos a la adopción, honores y pensiones de los miembros de la familia. Por el Emperador firmó su Secretario de Relaciones Exteriores y encargado de la Secretaría de Estado, don José J. Ramírez. Por los Iturbide firmaron Agustín Gerónimo, Ángel, José y Alice Green de Iturbide.

Cuando Carlota Amalia zarpó rumbo a Europa para buscar apoyo político para Maximiliano, se llevó consigo al pequeño Iturbide. En La Habana, primera escala del viaje, lo recuperó su madre, la señora Green de Iturbide, y lo llevó a Washington, donde residió una buena parte de su vida..

En junio de 1867, poco antes de la caída de Querétaro, algunos diarios norteamericanos dieron a conocer la existencia de la carta de abdicación de Maximiliano en favor del infante Agustín de Iturbide y Green. Decían que, cuando a Márquez no le quedó duda alguna de la traición de López en favor de los republicanos, para entregarles Querétaro, procedió de inmediato a la apertura de algunos documentos que le había entregado Maximiliano en persona. Entre ellos encontró la ya mencionada abdicación del Emperador, firmada de su puño y letra. Una vez enterado del contenido del documento, Márquez procedió a proclamar a don Agustín de Iturbide y Green como Emperador de México y sucesor de Maximiliano, bajo la regencia de la Emperatriz Carlota. La autenticidad de la carta de abdicación nunca fue impugnada.

En enero de 1877, según una reseña de la época escrita en Nueva Orleans, el príncipe Agustín de Iturbide y Green, título por el cual se le conocía desde su adopción por Maximiliano, se encontraba entre los pasajeros del vapor “Jamaica”, con destino a Liverpool, en Inglaterra. El objeto del viaje era el de convertirse en alumno de la Academia Militar Woolwich. Se le consideraba un joven brillante e inteligente, de unos quince años de edad, y hablaba el inglés con buen acento. Había estudiado en las escuelas públicas de Washington y en la Universidad de Georgetown, el Alma Mater de su padre. Su discurso de graduación llamó la atención por haberlo escrito sobre el tema “Democracia”, sistema político al que se mostró muy favorable, y por ser, a la vez, heredero de dos emperadores.

En 1888, el príncipe Agustín de Iturbide causó conmoción al aceptar una comisión de manos del presidente Porfirio Díaz y portar el uniforme de teniente del ejército mexicano. El todavía influyente Partido Monárquico Mexicano juzgó de suma importancia el hecho, cuya relevancia radicaba en el acercamiento que se daba entre monárquicos y republicanos. Hemos visto ya que el príncipe Iturbide había estudiado en la Academia Militar de México, en Chapultepec, así como en los Estados Unidos y en Europa. Por orden directa del presidente Díaz, Iturbide fue destinado al famoso Séptimo Regimiento, comandado por un oficial que fue coronel del Regimiento de la Emperatriz durante el reinado de Maximiliano.

A pesar de los buenos augurios políticos, el joven Iturbide expresó en público algunas críticas contra el gobierno de Díaz, razón por la cual se le siguió consejo de guerra y prisión. Sus amigos de Washington comentaban que la crítica era tan solo la de un impetuoso y joven ciudadano a su presidente.

No obstante lo anterior, el príncipe Iturbide fue condenado a un año de reclusión bajo el cargo de falta de respeto al régimen de Díaz. Su madre, la señora Alice Green, lo estuvo visitando y apoyando en prisión, hasta que ella contrajo una enfermedad que le costó la vida en enero de 1892.

El 5 de julio de 1915, el príncipe Iturbide contrajo nupcias con la señorita Mary Louise Kearney, hija del General Brigadier James E. Kearney. Ofició el reverendo J. M. Cooper, de la iglesia católica de San Mateo de Washington.

La bandera de la Independencia Nacional



Religión (blanco) Independencia (verde) y Unión (rojo). 
Las tres cosas garantizadas hechas bandera.


No deja de ser significativo que el primero y el último de los movimientos mexicanos por la independencia, tuvieran su origen en situaciones de carácter internacional. El primero, el de 1808, se originó en la invasión y ocupación de España por los franceses. Algunos regidores del ayuntamiento de la ciudad de México, como Francisco Primo Verdad Ramos y Juan Francisco de Azcárate, aprovecharon el momento para proponer la independencia de la Nueva España, puesto que los reyes Carlos IV y Fernando VII se habían entregado mansamente a Napoleón Bonaparte, y habían puesto a sus pies la corona española.

Los mencionados regidores de la ciudad de México, que eran criollos, consideraban que en esas circunstancias, Nueva España debería separarse de la madre patria. Por supuesto, los españoles peninsulares residentes en México, abortaron este plan y asesinaron a Francisco Primo Verdad mediante un pretendido suicidio. Así, tristemente, acabó este primer movimiento independentista ( o autonomista) de 1808.

Doce años después, se presentó una nueva coyuntura política internacional: en 1820, el coronel Rafael del Riego, de ideología liberal, dio un golpe de estado en España, y obligó al rey Fernando VII a jurar de nuevo la Constitución de Cádiz, que era liberal. En virtud de lo establecido por esta constitución, se eligieron diputados liberales a las Cortes (las cámaras legislativas) y comenzaron a dictar leyes que amenazaban seriamente, no solamente los intereses del clero novohispano, sino su misma existencia. La aristocracia novohispana y buena parte del ejército consideraron que, dadas las circunstancias de La Península y al ver en peligro sus intereses, había llegado el momento de separarse políticamente de España.

Este último movimiento de independencia, apoyado por obvias razones por el clero institucional y las altas esferas de poder novohispano, como lo han indicado Lucas Alamán y Francisco de Paula Arrangoiz, entre muchos otros historiadores, tuvo su comienzo y su fin en 1821. Su promotor visible fue don Agustín de Iturbide,  por medio del Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de 1821. Este plan fue ratificado mediante los Tratados de Córdoba, el 24 de agosto de 1821 por el mismo Iturbide y el último virrey capitán general de Nueva España, don Juan de O´Donojú.

El plan surgido en Iguala, obedecía a las necesidades del momento, y no tenía vínculos históricos con los anteriores movimientos de Hidalgo, ni Morelos. Al igual que el de 1808, este plan se originó también en las circunstancias internacionales prevalecientes en sus respectivos años.

El Plan de Iguala garantizaba a los novohispanos tres cosas. Libertad para ejercer la religión católica (blanco) la independencia política para lograrlo (verde) y la igualdad de derechos para todos los mexicanos, la unión de todos ellos (rojo). Este es el origen de nuestra bandera. Y tanto el Plan de Iguala como sus motivos para llevar a cabo la independencia de la Nueva España, deben de ser interpretados como fruto de una época, de una mentalidad y de unas circunstancias muy concretas, que nada tienen que ver con las nuestras. Sin embargo, no por ser diferentes, o ideológicamente "inconvenientes", dejan de ser históricas.                                         

Para poder cumplir la primera garantía, se requería necesariamente de la independencia política de España. Había que garantizar esta separación para anular las amenazas de la nueva legislación española, pues Nueva España ya no estaría más bajo el dominio de La Península ni tendría por qué obedecer sus nuevas leyes.

Para evitar cualquier desorden social en Nueva España al proclamar su independencia, se garantizaba que todos sus habitantes serían iguales ante la ley, sin esclavitud, ni distinción racial. Todos tendrían los mismos derechos, indios, negros, españoles o criollos, y se respetarían las propiedades de todos. De esta manera, se establecería la unión de todos los mexicanos.

Así, con este Plan de Iguala del 24 de febrero de 1821, su bandera verde, blanca y roja, y el reconocimiento de O´Donojú, Iturbide y los firmantes del Acta de Independencia, se convirtieron en los fundadores del Estado Mexicano. Desde 1821, con su acta de independencia como documento fundacional (28 de septiembre de 1821) México es una nación libre. Los colores del Plan de Iguala se convirtieron en nuestra enseña nacional.