Escudo de Torreón

Escudo de Torreón

viernes, mayo 17, 2013

La recámara virreinal en el País de La Laguna



Recordemos que hasta mayo de 1785, las alcaldías de Parras y Saltillo (todo lo que actualmente es el sur de Coahuila) pertenecieron al Reino de la Nueva Vizcaya. En ese mes y año, Carlos III firmó la separación de ambas alcaldías de la Nueva Vizcaya, para anexarlas a Coahuila. 

Por esta razón, para poder estudiar la vida colonial en esta antigua parte de la Nueva Vizcaya, debemos referirla como “sur de Coahuila”. De acuerdo a la mayoría de los inventarios que hemos podido analizar para esta parte de la Nueva Vizcaya en el siglo XVIII (Inventarios procedentes del Archivo Municipal de Saltillo y del  Colegio de San Ignacio de Loyola de Parras) la recámara  o aposento —por lo general— estaba equipada con muy pocos muebles. 


Casa de Lope de Vega (S. XVII) en Madrid


En primer lugar encontraremos el “armazón” para cama, esto es, la base destinada a sostener el colchón, el cual podía estar fabricado con materiales más o menos bastos, entre los cuales era usual la jerga. Sin embargo, es interesante constatar que no es frecuente encontrar referencias a esta armazón en los testamentos indígenas, que muchas veces, como en Santa María de las Parras, el número de artefactos que poseían los tlaxcaltecas parecen sobrepasar en número y calidad a muchos inventarios de los percibidos como españoles en el mismo lugar.  





Encontramos casi siempre en el aposento el indispensable cofre, baúl o caja, que ordinariamente procedía de Michoacán, ya que el comercio con esa región era muy intenso, a juzgar por el gran porcentaje de artículos domésticos y piezas de mobiliario de ese origen existentes en el sur de Coahuila en aquella época. En esta caja se guardaba tanto la ropa de cama como la de uso personal. Para la conservación y buen olor de las prendas, éstas se ponían a buen recaudo junto con algunas ramitas de alhucema o espliego, planta que hoy conocemos con el nombre de lavanda. 

El mobiliario de la recámara podía completarse con una o dos sillas, también de Michoacán, un espejo, quizá alguna imagen religiosa y el candelero para la vela o manteca combustible, que se llevaba encendida a la hora de retirarse al aposento y tenerla así a la mano.

Por lo que respecta a la ropa de cama, solían contar la mayoría del los hogares con dos pares de sábanas, por lo general confeccionadas en aquella tela conocida entonces como Ruán, que era un tipo de tela de algodón, dos almohadas de la misma tela con sus respectivas fundas; en algunas ocasiones había juegos de almohadillas menores llamadas acericos (Acerico: almohada pequeña que se pone sobre las de la cama, para tener más alta la cabeza. Diccionario de Autoridades. 1726) una colcha o sobrecama y una o dos cobijas, designadas característicamente como frezadas o frazadas.

Era la costumbre que la ropa de cama fuera aportada por la mujer entre aquellas cosas que entraban en el nuevo hogar por concepto de dote matrimonial.

Esta noción de dote, que en la conciencia popular ha sido interpretada como costumbre discriminatoria para la mujer, en realidad buscaba su protección. Se trataba de un conjunto de bienes que los padres otorgaban —si podían hacerlo— a sus hijas cuando éstas se casaban.  Los bienes podían ser de distinta índole o naturaleza: en este concepto podían entrar desde el vestuario, blancos, propiedades muebles o inmuebles y, en última instancia, dinero. ¿Tenía esta institución social el propósito de hacer a las novias más aceptables? De ninguna manera. Se trataba de hacerlas más independientes,  ya que la dote siempre pertenecería a la mujer, aunque estuviera casada. El marido no podía disponer de ella sin permiso de la mujer, y en caso de hacerlo, siempre tendría que reintegrársela. A la hora de la muerte de aquél, invariablemente había que discernir legalmente cuántos de los bienes matrimoniales pertenecían a la dote original —los maridos tenían que otorgar recibos al casarse— antes de hacer el reparto de los bienes paternos a los herederos.

Las prendas que entraban al matrimonio como “bienes dotales” habrían sido confeccionadas y adornadas poco a poco por la futura novia, con materiales que podían adquirir en la tienda de la villa, pueblo o lugar de que se tratará; ahí se podían encontrar diversas telas —importadas o “del reino”— que se vendía por varas (medidas de longitud de 83.5 centímetros), y toda clase de buhonería.

Las técnicas de ornamentación más usadas en el vestuario dotal de aquella época fueron el labrado, hoy conocido como bordado; el deshilado y el guarnecido. Se “labraba” con hilo de seda, de lana o de algodón, aunque podían  entrar materiales diversos en la ornamentación de una sola pieza.

El deshilado era una técnica muy popular para la ropa de cama, manteles, ropa femenina y aún par los pañuelos de los caballeros.
El guarnecido consistía en sobreponer el adorno a la tela que le servía de base; en algunos inventarios se describen piezas de vestuario femenino guarnecidas con encajes o con franjas de metales preciosos, tales como el oro y la plata.

A manera de ilustración, era común que la novia trabajara las almohadas, una con la técnica del deshilado, y la otra con el labrado o bordado de seda.  En este último caso, se llevaba registro del peso de la seda bordada, ya que era un material más bien caro. En cambio, la colcha podía ser bordada con lana y con algodón.

Por lo general, en los diversos hogares del sur de Coahuila encontramos la recámara básicamente con el mismo mobiliario y ajuar descritos, y varía solo la calidad y la cantidad.

Nombres y funciones asociadas de algunos muebles coloniales del sur de Coahuila: Petaca (con llave). Guardar objetos de valor como dinero, plata. Servir como ropero: vestimenta zapatos. Caja. Guardar  ropa, calzado, accesorios del vestuario o tocador, alimentos (en cocinas). Tumbadillo (de Michoacán). Se usaba al pie de la cama. Servía para guardar ropa y accesorios, particularmente femeninos. Baúl. Guardar ropa masculina o femenina, blancos, ropa de cama, cubiertos de valor, platería y varios. Cestón. Al parecer hecho de mimbre. Mismo uso que cajas y baúles.
E

Santos Laguna no pudo con el Cruz Azul





Anoche, los equipos de futbol Cruz Azul y Santos Laguna se disputaron el juego “de ida” de las semifinales de liga en las instalaciones del TSM en Torreón.

El equipo local se mostró muy desangelado. Hubo ausencias significativas, por lesiones. Finalmente, el resultado fue absolutamente catastrófico, 3-0 a favor del Cruz Azul, con un autogol del Santos Laguna.

La verdad, está muy cuesta arriba pensar que en México, D.F. en el juego “de vuelta” el Santos será capaz de remontar un marcador así con un 4-0, y eso si no le anotan nuevos goles en contra.

Así que con el Cruz Azul hemos topado. Hasta aquí llegó la liguilla Clausura 2013 para el Santos Laguna y sus seguidores.

lunes, mayo 06, 2013

La nobleza en el País de La Laguna



Armas familiares del capitán Alberto del Canto, fundador de Saltillo en 1575. En este caso, el diseño rojo y plata del interior del escudo identifica a un linaje: del Canto. En cambio, el adorno sobre el escudo, el "timbre" es un yelmo con aplicaciones de oro, lo cual indica a quien lo mire, que se trata de un caballero hijodalgo.



En el País de La Laguna, como en otras regiones del Imperio Español, la nobleza estaba constituida por una clase social minoritaria cuyos individuos tenían en común ciertos privilegios otorgados o reconocidos y refrendados por el Rey y sus funcionarios, y por lo tanto legales, que se transmitían en forma hereditaria.

Es decir, el concepto de nobleza se fundamentaba en el principio de la desigualdad social hereditaria. En el Antiguo Régimen existían dos clases de personas: el noble, individuo que por nacimiento disfrutaba de ciertos privilegios ante la ley. La otra clase estaba representada por el plebeyo, individuo que también por nacimiento pertenecía al común de la gente, sector social mayoritario carente de privilegios. A esta diferencia cualitativa entre las personas los españoles la denominaban “calidad”. Una persona de calidad era, invariablemente, noble.

Entre los privilegios negativos (derecho a no...) de los nobles estaban los de no pagar impuestos y no ser sujetos a tortura ni a ciertos tipos de encarcelamiento ni embargo. Entre  los privilegios positivos ( derecho a ...) estaba el de poseer y usar armas de nobleza, esto es, blasones, así como el uso del “don”, que era un tratamiento de cortesía que provenía de la palabra latina “dominus”, que significa señor de vasallos, y que se aplicaba al que ejercía señorío o dominio sobre algo o alguien.  Posteriormente se acortó la palabra a “dom” y luego quedaría “don”. En un principio, este tratamiento era privativo de los Reyes de España y sus hijos, pero luego se extendió a la  nobleza en general. Su uso permanece hasta nuestros días. Los nobles gozaban además la exclusividad de los cargos honoríficos, así como de otras prerrogativas y obligaciones.

La nobleza era diferente de la realeza, y tenía su propia jerarquía interna. No debe pensarse que todos los nobles tenían el mismo rango o estatus. Había tres grandes grupos: a).- los nobles que lo eran solo por su sangre; b).- los  nobles que lo eran por poseer un título hereditario y c).- los nobles que lo eran por poseer título de “grandeza”.

Los tres grupos mencionados tenían en común la ostentación de sus blasones, ya que desde el “hidalgo” hasta el “grande”, todos poseían escudos de armas hereditarios, que solía ser derecho exclusivo de la nobleza. El escudo de armas era una representación gráfica o emblemática de un linaje o familia noble, para que su poseedor pudiera ser identificado de una manera rápida, sencilla y segura, particularmente en batalla (evitaba confusiones). En una época en la que el analfabetismo era la regla, los blasones eran en ese sentido, indispensables.

El primer grupo, conocido como “nobles hijosdalgo”, o simplemente “hidalgos”, llevan en el nombre su definición: “hijo de algo”, que significaba “hijo de alguien” o bien “hijo de bienes”. Se le aplicaba a todos aquellos descendientes de nobles por línea de varón. Es en este sentido que el Rey Alfonso X —el Sabio —, legisló en Las Siete Partidas: “Hidalguía es la nobleza que viene a los hombres por linaje”.  Por otra parte, para ser reconocido como hidalgo, no se requería poseer ningún título nobiliario, sino tan solo demostrar fehacientemente que se era descendiente de nobles. El hidalgo tenía como privilegio el uso del blasón y el tratamiento de don.

El segundo grupo de la nobleza era el que estaba formado pro aquellos que poseían un título de señor, barón, vizconde, conde, marqués o duque, siendo este último el de mayor rango. A este grupo se le llamaba “nobleza titulada”, a causa de los títulos que ostentaban.



Timbres o insignias heráldicas de la nobleza con título



En el territorio de lo que actualmente es la Comarca Lagunera, solamente dos familias poseyeron títulos nobiliarios: la de los descendientes del conquistador Francisco de Urdiñola, que a fines del siglo XVII adquirieron los títulos de marqueses de Aguayo y vizcondes de Santa Olaya, y la de los condes de San Pedro del Álamo, título concedido por Felipe V en 1733, y cuyo primer poseedor fue el mariscal de campo don Francisco Valdivieso Mier y Barreda. Este don Francisco casó con doña María Josefa de Echeverz y Azlor, 3ª marquesa de San Miguel de Aguayo. Dos títulos se unieron en una sola familia, la de los Valdivieso-Echeverz. Sus posesiones abarcaban la mayor parte de la Comarca Lagunera, Coahuila y de Durango.

Francisco de Urdiñola fue un conquistador vasco del siglo XVI que fundó la hacienda de Patos (hoy General Cepeda, Coah.) la que en poco tiempo llegó a constituirse en un colosal latifundio que sus descendientes y herederos se transmitían como mayorazgo. Francisca  de Valdés  Alcega y Urdiñola, una de sus descendientes, casó con el capitán Agustín de Echeverz y Subiza. Este capitán, originario de Navarra, adquirió con su matrimonio una gran fortuna. Con base en sus méritos y servicios personales —para algunos, bastante discutibles— y los de su mujer y sus ascendientes, mas algo así como medio millón de maravedises, adquirió sus títulos en España.

La nobleza cotidiana en el País de La Laguna era la pequeña nobleza, formada por hidalgos  descendientes de antiguos pobladores y conquistadores que generalmente eran miembros de los cabildos municipales y capitanes de milicia.

Un caso especial era el de los tlaxcaltecas, que fueron ennoblecidos por Carlos I de España (V de Alemania) como conquistadores aliados de la Corona. En 1591, siendo virrey don Luis de Velasco, vinieron al norte algunos tlaxcaltecas en calidad de colonizadores. Uno de esos grupos se estableció en Saltillo; de ahí algunos pasaron a lo que hoy designamos como Comarca Lagunera, también  como colonos. 

A cambio de su cooperación, el virrey les refrendó  su nobleza de sangre y les confirmó todos los privilegios y exenciones propios de los hidalgos españoles. A diferencia de los demás indígenas, los tlaxcaltecas podían, como cualqier noble guerrero español, andar montados en caballo ensillado y enfrenado, poseer y usar armas, poseer tierras individualmente y enajenarlas o testar y heredarlas a sus descendientes, todo lo cual se cumplió cabalmente, si nos guiamos pro los inventarios de bienes incluidos en sus testamentos.

En el sur de Coahuila colonial, ser y permanecer tlaxcalteca no dependía  de tener una pureza de sangre tal que garantizara que el origen étnico se mantuviera intacto a perpetuidad.  Ordinariamente, estos tlaxcaltecas  tenían ascendientes tlaxcaltecas (del Señorío de Tizatlán)  pero no necesariamente todos ellos tenían que serlo, ni siquiera en proporción mayoritaria.  Uno podía descender de un tatarabuelo tlaxcalteca y de otros quince tatarabuelos que no lo fuesen, y aún así, ser reconocido como tlaxcalteca, porque la línea por la que se transmitía esta condición era la línea del varón. 

Por otra parte, ser tlaxcalteca era un concepto que tenía más significación cultural y legal que biológica.  Eran tenidos y reputados por tlaxcaltecas, en última instancia, aquellos a los que se les reconocían los privilegios de tales, si hablamos desde la percepción española.  Pero si hablarnos desde el mundo indígena, era tlaxcalteca quien había llegado con los colonos tlaxcaltecas norteños en 1591, sus descendientes, o todos aquéllos que se les habían incorporado, que vivían como ellos, y eran reconocidos legalmente por tales.

Entre los tlaxcaltecas laguneros documentados mencionaremos a don Lázaro Miguel, vecino de Santa María de las Parras y originario del pueblo de San Esteban del Saltillo, hijo legítimo de don Luis Marcos y doña Elena Luisa, también vecinos de San Esteban.  Don Lázaro Miguel fundó su hogar al casarse con Petrona María, con la cual tuvo numerosa descendencia, siendo su primogénito don Mathías Bentura. Según el protocolo oficial de hidalguía del imperio español, se les designa en los manuscritos con el título de "don".

Otro caso es el del presbítero don Buenaventura Santiago de Organista, hijo legítimo de Mathías Bentura y de Ángela Mariana de la Rosa, indios tlaxcaltecas naturales de Parras.  En este caso observamos que, a pesar de ser tlaxcalteca, o mejor aún, precisamente por serlo, don Buenaventura Santiago pudo estudiar la carrera eclesiástica.  Entre los indígenas coloniales, este era un privilegio exclusivo de la nobleza.
En la Laguna, salvo el caso de los marqueses de Aguayo y los condes de San pedro del Álamo, no encontramos despliegues ni restos de escudos nobiliarios coloniales, mientras que en ciertas regiones de España, como Asturias y la montaña de Burgos, hasta las familias más humildes conservaban en piedra sus blasones como preciado tesoro.

El tercer grupo de la nobleza era el mas encumbrado de todos, y estaba constituído por aquellos que poseían "título de grandeza", que era el de mayor rango entre todos los títulos nobiliarios, y que, fuera de algunos virreyes, nadie poseyó en la Nueva España.       

En la época colonial, la nobleza constituía una clase social que no estaba en lo absoluto cerrada, particularmente durante el reinado de los Austria.  Siempre era posible ennoblecerse.  Se podía alcanzar este rango por el saber;  por bondad de costumbres y maneras y  por hechos gloriosos.

Los virreyes, los capitanes generales, los grandes conquistadores o los mineros más afortunados podían aspirar a un título de marqués o de conde.  El común de la gente se conformaba con alcanzar la nobleza de sangre, es decir, la hidalguía.

Por la Real Cédula de Nuevas Poblaciones, los Reyes de España otorgaron la nobleza de sangre a todos aquellos que se comprometieron a participar en el descubrimiento, la conquista, población o pacificación de nuevos lugares, a su propia costa.  Con esto, la monarquía hispánica buscaba alentar la inmigración española y tlaxcalteca al norte del territorio colonial.

De esta manera, los primitivos pobladores del norte de México - San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Saltillo, Monterrey, Parras, Mapimí y muchos lugares más- adquirieron legalmente su nobleza de sangre.  No obstante, con el tiempo cayó en desuso, ya que, según el derecho nobiliario entonces vigente, los nobles no debían ejercer oficios manuales ni mecánicos (limpieza de oficios).

Todos aquellos que por fuerza hubieron de dedicarse a la agricultura u otros oficios "viles", fueron olvidando su nobleza.  Pero con el decreto de Carlos III del 18 de marzo de 1783, que declaraba la limpieza de todos los oficios, incluso los mecánicos o manuales, quedó abierta la posibilidad de recuperar aquella nobleza caída en desuso. De hecho, no deja de llamar la atención que tanto en el Archivo Municipal de Saltillo como en el de Monterrey, hay una muy significativa cantidad de certificaciones de limpieza y nobleza de sangre solicitadas a partir de 1785, pero no antes.












viernes, mayo 03, 2013

Legión de Honor para Aristegui







La connotada periodista de CNN y MVS, Carmen Aristegui, recibió ayer en la residencia de la embajadora de Francia de la ciudad de México, Elisabeth Breton Delégue, la Orden de la Legión de Honor en grado de caballero.

Esta condecoración, implementada por Napoleón Bonaparte en 1802, busca premiar los méritos de quienes, por sus obras,  sobresalen de manera extraordinaria, en los ámbitos civil o militar. 

Esta condecoración reconoce la labor extraordinaria de Aristegui por su cobertura de los procesos electorales mexicanos durante las elecciones presidenciales del 2012, y se impuso la víspera del Día Mundial de la Libertad de Prensa, que se celebra hoy viernes 3 de mayo.

La Legión de Honor, como otras condecoraciones europeas, cuenta con una jerarquía interna de cinco grados: Caballero, Oficial, Comendador, Gran Oficial y Gran Cruz. 

jueves, mayo 02, 2013

Dos tlaxcaltecas en Roma





Una piadosa tradición de la época en que el País de La Laguna era el principal productor de vinos y aguardientes de la Nueva España, se encuentra referida en un manuscrito de la era de Iturbide.

Según este relato, su santidad el Papa, visitado en Roma por dos indios tlaxcaltecas parrenses que le habían referido el milagro, había concedido al pueblo de Santa María de las Parras el privilegio de sacar en procesión al Santísimo sacramento cuando hubiese peligro serio de heladas. Como podrá imaginar el lector, la economía del pueblo de Santa María de las Parras dependía, principalmente, de la agroindustria, o sea, la vitivinicultura. Los vinos y aguardientes le daban a Parras el 43% de su ingreso anual bruto (año de 1786). La destrucción de los viñedos por una helada, hubiera significado un hecho económico y social verdaderamente desastroso.

¿En qué consistía este milagro “de los hielos”, según las fuentes tlaxcaltecas? Cuando los fríos arreciaban al punto de haber una amenaza de helada, fuera de día o de noche, el cabildo y ayuntamiento tlaxcalteca pasaba a llamar al cura párroco del pueblo. Se le pedía, en base al privilegio papal, que sacara en solemne procesión la custodia con el sacramento. Previamente se llamaba a la gente del pueblo con tres solemnes repiques de campana. Esto era suficiente para que se congregase una gran cantidad de personas. El mayordomo de la cofradía del Santísimo Sacramento repartía velas de cera en cantidad, para acompañar e iluminar la procesión. Esto habrá sido algo semejante a lo presentado por Arau en su película “Paseo por las Nubes”, aunque Arau lo hace más coreográfico, sin el elemento religioso sobrenatural.

Al salir la procesión con la custodia, párroco y pueblo cantaban las letanías mientras caminaban en derredor del cementerio parroquial, hasta volver a la iglesia. Según el mismo relato, cuando la gente salía de la procesión, ya notaba que el clima había cambiado, se había tornado más suave, menos agresivo. Y cuando el frío era muy fuerte y aparentemente no disminuía, a la mañana siguiente notaban que la hierba bajo las parras, a ras del suelo, estaba cocida y negra por la helada. Pero los brotes de las cepas, que quedaban más expuestos al frío que las hierbas del suelo, estaban intactos, perfectamente sanos. Los brotes representaban la cosecha del verano, así que si si los brotes se salvaban, el pueblo entero se salvaba del desastre. 

El texto del relato continúa diciendo que este milagro se experimentaba todos los años, con admiración de quienes lo presenciaban. El privilegio papal se mantenía “in verbis”, es decir, como tradición oral, ya que el privilegio escrito fue extraído del archivo del pueblo durante un latrocinio. 

Incluso en cierta ocasión, el obispo de Durango y su visitador, el señor Pedro Millán Rodríguez quisieron anular el privilegio de esta procesión, alegando que por derecho canónico, el Santísimo solo podía salir en procesión el jueves de Corpus Christi. Pero al conocer la tradición, y los relatos de los testigos presenciales (y seguramente tomando en cuenta que Parras era la población que más diezmaba de toda la Nueva Vizcaya) no tuvieron objeción en que se siguiera celebrando la procesión del Santísimo como antes.  

Fuente: Transcripción del manuscrito “Relación de agravios cometidos durante la época colonial contra el común de naturales tlaxcaltecas del pueblo de Parras, Coahuila. 1822". Boletín del Archivo General de la Nación. 

Subcampeones, nada más




Anoche, los Guerreros del Santos Laguna se batieron en duelo contra los Rayados del Monterrey en esa ciudad, en el juego “de vuelta” de la final del torneo de la Concacaf.

Y aunque el marcador lo abrieron los laguneros con un 2-0, los rayados supieron aprovechar su condición de locales y contraatacaron logrando un marcador final de 4-2, obteniendo así la victoria y la copa.

Felicidades a los Rayados, y nuestro apoyo y simpatía a los Guerreros de nuestro equipo local, el Santos Laguna.  


lunes, abril 29, 2013

Nuevo artículo del Dr. Mikael Wolfe


Este nuevo artículo del Dr. Mikael Wolfe, examina la dinámica histórica que condujo al agotamiento y la contaminación intencionados de los recursos hıdricos subterráneos de México entre las décadas de 1930 y 1960. 

Mediante el estudio de caso de la paradigmática y árida región central del Norte, La Laguna, el artículo documenta cómo los ingenieros mexicanos advirtieron de los peligros del agotamiento acuífero al tiempo que se beneficiaron de las oportunidades de negocio que brindaba la ‘‘mexicanización’’ de la tecnología de extracción del agua subterránea por vía de la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI): un conflicto de intereses que simbolizó la tensión entre el avance del conocimiento tecnocientífico sobre los procesos naturales y la formación del Estado capitalista en el México postrevolu- cionario. 

El argumento central es que esta contradicción insalvable originó la necesidad de conservar los acuíferos subterráneos, avalada por los expertos y oficialmente reconocida, muy cerca de lo imposible vis-a-vis con la demanda estatal, privada y popular del recurso, ya fuera alentada por la reforma agraria radical de Lázaro Cárdenas en la década de 1930—para la cual La Laguna sirvió como emblema— o posteriormente por la agricultura comercial.

El estudio del Dr. Wolfe fue seleccionado para "Estudios Mexicanos" Volumen 29. 

domingo, abril 28, 2013

Los viejos pobladores





Siempre existen sorpresas cuando uno se da a la tarea de efectuar recorridos de investigación documental por los archivos históricos, civiles, estatales o parroquiales. Uno encuentra los testimonios fundamentales que permiten la construcción de múltiples historias.
En este caso, se trata de la notaría parroquial del Santuario de Guadalupe de Torreón, en Juárez y Ramos Arizpe.

Su primer libro de matrimonios data de 1893, año en que Torreón fue elevado a la categoría de Villa con municipio y gobierno propios, y que en lo eclesiástico se correspondió con la creación de la parroquia.

El acta de matrimonio número dos, de fecha del 25 de agosto de 1893 (hace 120 años) corresponde al enlace entre Felipe Castañeda Sifuentes, originario “de aquí mismo”, de 33 años de edad. Esto significa que Felipe era un torreonense nacido en 1860, apenas a diez años de creado el Rancho del Torreón. Para 1893, llevaba algunos pocos años viviendo en El Tajito. La novia era María Ignacia Chavarría Olguín, también originaria y vecina de Torreón, de 18 años de edad. Su acta de bautismo se encuentra en Matamoros, Coahuila, como la de todos los torreonenses que tenían que acudir por los sacramentos a la cabecera parroquial, Nuestra Señora del Refugio, en Matamoros, población que fue la sede del poder municipal hasta 1893.

Por el acta de matrimonio, sabemos que los padres del novio eran Sóstenes Castañeda Martínez y María Maximiana Sifuentes, y los de la novia, Cruz Chavarría y Apolonia Olguín.

Precisamente la existencia de otros archivos, nos ha permitido rastrear la genealogía y procedencia de los padres de la pareja contrayente. En el caso del novio, su padre, Sóstenes Castañeda Martínez, había nacido en Mapimí en 1825, y era hijo de Salomé Castañeda y María Marcelina Martínez. La madre del novio, María Maximiana Sifuentes, nació en Avilés (frente a Lerdo, río Nazas de por medio, en la antigua Villa Juárez) en 1832.

En el caso de la novia, su padre era Cruz Chavarría, nacido en 1824 en La Concepción (ahora municipio de Torreón) y era hijo de Eustaquio Chavarría y Martha Josefa Banderas, según el acta matrimonial de 1893. Estaba casado con Apolonia Olguín, nacida en 1836 en La Concepción, hija de Victoriano Olguín y María Isidora Lomas. Cruz y Apolonia se habían casado el 24 de abril de 1854 en Viesca.

La casa y familia de Eustaquio Chavarría, abuelo paterno de la novia, aparecen empadronados en La Concepción, en el Censo de 1848. En dicho documento menciona que tiene 60 años de edad (nació en 1788, un año antes del inicio de la Revolución Francesa) y su esposa, abuela de la novia, aparece como Josefa Balderas, de 50 años de edad (nació en 1798).

Encontramos en la pareja formada por Felipe Castañeda Sifuentes y María Ignacia Chavarría Olguín, a los descendientes de familias laguneras de vieja prosapia. Un claro ejemplo de pobladores torreonenses que procedían de viejas familias laguneras, que es lo mismo que decir, de vieja cultura lagunera.

Pan y vino en el País de La Laguna






La historia de la gastronomía regional implica uno de los ejercicios de investigación documental más apasionantes que se puedan realizar: la localización, interpretación y reconstrucción de las recetas que usaron nuestros ancestros para la elaboración de sus platillos cotidianos y festivos. Esta clase de investigación se ubica entre las que solemos llamar “Estudios culturales”. Porque la gastronomía es una de las manifestaciones de la cultura de una población, o de una comarca.

El primer problema con que topa una investigación de esta naturaleza, se puede expresar por medio de una pregunta: ¿Existía en la Comarca Lagunera la cultura del recetario? Es decir: ¿existía la costumbre de poner por escrito los nombres y cantidades de los ingredientes y también los pasos necesarios para confeccionar uno o varios platillos?

Como investigador, este Cronista no ha encontrado evidencia de que existiera tal costumbre, al menos no en la Alcaldía Mayor de Parras del siglo XVIII (toda la Comarca Lagunera de Coahuila).
¿Cómo recuperar el arte y el gusto culinarios de una sociedad en una época dada si no se cuenta con recetarios? ¿Qué documentos pueden testimoniar el quehacer cotidiano o festivo de la culinaria del lugar, de la época y del estamento o clase social?

En nuestro caso, hemos abordado fuentes de carácter contable, que no tenían como objetivo proporcionar recetas, sino dar cuenta de lo que se gastaba en el servicio de templos y cofradías, particularmente en los días de fiesta. La minuciosa revisión de dichos libros y la comparación de sus asientos nos permitió obtener referencias de aquellos platillos y bebidas que se ofrecían a la concurrencia del Santuario y Cofradía de la virgen de Guadalupe de Parras con motivo de la fiesta de San Pedro Apóstol (28 de junio). Fue particularmente importante la revisión de los expedientes 143, 161 y 231 del fondo del Colegio de San Ignacio de Loyola (“Matheo y María”) del cual existe copia en el Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Iberoamericana Torreón, a mi cargo.

Se encontraron referencias de la existencia y consumo de los siguientes alimentos y bebidas:

Pan: molletes, marquesotes, bizcochos, rosquetes, soletas y puchas. Por lo que respecta a las bebidas: agua de canela, horchata, limón, agraz y chía; ponche (“punche”), vino (dulce), vino carlón añejo, aguardiente, aguardiente anisado, mistelas de canela, de limón y de anís; chocolate (“fino”).




Sabemos que entre las clases populares de las áreas rurales o suburbanas de la Comarca Lagunera del siglo XXI, sobrevive aún la costumbre de elaborar los “roscos” como una especie de pan que se ofrece a los concurrentes de las celebraciones religiosas, particularmente de las danzas. Sabemos también que esta es una vieja tradición que se remonta a una fecha mucho muy anterior a la fundación de la ciudad de Torreón. Puesto que la migración regional (Parras, Viesca, Mapimí, Cuencamé) fue especialmente significativa en los primeros cuarenta años de vida de Torreón, o porque la creación del municipio incluyó comunidades establecidas muchos años atrás con familias de esos orígenes, podemos fácilmente establecer el vínculo cultural entre las celebraciones coloniales de Parras, de Viesca y las fiestas populares de Torreón o de sus alrededores.

La reconstrucción de una receta a partir de las menciones de compras y gastos que año con año documentaba una iglesia, parroquia o cofradía a través de sus mayordomos, no es tarea fácil. Hubo que vaciar en fichas toda referencia a cada platillo, tal y como aparecía año tras año por un largo período. Así, sabemos que para el marquesote a veces se compraba harina y otras veces almidón, y también huevos, azúcar, manteca y papel para los moldes. Pero ¿se usaba harina integral o refinada blanca? Sabemos que la grasa que los comarcanos usaban en el siglo XVIII para la cocina era la manteca de puerco. Es decir, aunque obtengamos las proporciones de los ingredientes que cada receta requería, aún quedaba un cierto margen de incertidumbre.

Precisamente en esto consiste el ejercicio de investigación e interpretación: buscar los contextos culturales de la época, fuentes y fuentes alternas, para disminuir el nivel de incertidumbre en la interpretación. Así que este proceso de búsqueda generó otros diferentes procesos de investigación.

El marquesote se sigue fabricando en La Comarca Lagunera después de 300 años, y que la función que actualmente posee es, generalmente, la de servir de cama al helado o como base de pastel envinado. Esta función es muy congruente con la que tenía en las fiestas religiosas virreinales, ya que entonces se acompañaba con chocolate caliente y servía para sopear. Exactamente lo mismo sucedía con los “rosquetes”, que se servían con vino dulce para mojar el pan y comerlo. Es decir, se trataba de un tipo de repostería que servía de “base”, “vehículo” o “complemento” para otros alimentos líquidos. A los concurrentes no se les daban platos ni vasos “desechables”, tomaban piezas de marquesote o rosco para empaparlos en chocolate o vino. Quizá por esta razón eran algo “resecos”, para que la estructura del pan pudiera resistir el baño líquido sin desmoronarse.

Algunas de las recetas tradicionales del marquesote incluyen ingredientes muy similares a los que tenemos registrados. La comparación entre las recetas y sus componentes documentados nos dan pistas que reducen al mínimo el nivel de incertidumbre interpretativa.

En el caso de las mistelas (los cocteles etílicos de aquella época) resultó mucho más sencillo, puesto que existen documentos que describen los ingredientes y los procesos de elaboración.

Después de todo, reconstruir un platillo sin tener una receta equivale a la reconstrucción de un crimen sin que exista de por medio una confesión. El proceso mental de búsqueda de rastros o de evidencias que nos den una visión de conjunto se asimila perfectamente al proceso de historiar. Solo que reconstruir recetas a partir de manuscritos contables del siglo XVIII resulta mucho más divertido e integrador.

El marquesote.

De acuerdo a las referencias documentales del siglo XVIII, la pasta básica del marquesote que se fabricaba en Parras llevaba:
2 kilos de harina y/o almidón
200 grs. de azúcar
200 grs. de manteca (de puerco)
Huevos (enteros)
1 pizca de sal.

Para el gusto de los laguneros del siglo XXI, el pan que resulta de esta receta es algo reseco y algo insípido. Pero no olvidemos que esta clase de pan iba siempre acompañada del chocolate caliente, o del vino. El uso masivo de jarros, tenedores y cucharas no era usual, así que en un acto público con muchos invitados, los comensales sopeaban.

Al revisar las recetas modernas del marquesote, encontramos algunas que continúan usando los mismos ingredientes. Para la elaboración del producto final de nuestra investigación, tuvimos en cuenta que —por lo que se refiere a pan dulce— la manteca de puerco ya no goza de aceptación, y que el gusto moderno difícilmente aprobaría un pan de consistencia rica, pero sin sabor. La equivalencia de la mezcla de harina y almidón de trigo la obtuvimos con la mezcla de harina blanca de trigo y harina de maíz.

Los cocteles

La Alcaldía Mayor de Santa María de las Parras contaba con una cultura del vino muy arraigada desde el siglo XVII. Siendo la mayor y más importante zona productora de vinos y aguardientes legítimos de uva en la Nueva España, tenía que ser así.

Los cocteles llamados “mistelas” eran muy populares. No estaban prohibidos porque sus ingredientes etílicos procedían de los aguardientes puros de uva.

Su recreación para el siglo XXI es muy sencilla y hasta simple. Basta con preparar limonada, agua de canela, u horchata mucho muy dulces, y añadirles cubitos de hielo y un chorrito de aguardiente de orujo. El sabor demasiado dulce de la bebida queda rebajado con el agua del hielo y con el orujo. De cualquier manera, para nuestro gusto contemporáneo, son cócteles dulces que se integran bien con el sabor del orujo (marc o grappa).

viernes, abril 26, 2013

La antigua "moreleada"



Hoy recuerdo algunas cosas que solían suceder los domingos en ese Torreón que se esfumó y que ya no existe más. Para los niños en general, las mañanas de los domingos solían ser de función de matinée. Películas infantiles, y no tan infantiles, en las carteleras de los cines.

Pero había que ir bien “boleado”, es decir, con los zapatos bien lustrados. Solía suceder que las mañanas de los domingos, temprano, pasaban por las casas, para ofrecer sus servicios, los “boleros” o lustradores de calzado. La mayoría de las veces eran niños o adolescentes. Otras veces, eran adultos. La tarifa era siempre la misma: un peso “de aquéllos” que desaparecieron en 1993, por cada par de zapatos. Así que se le entregaban todos los zapatos de la familia. El bolero se instalaba en la puerta de la casa, o apenas en la entrada.

Luego estaba la misa, ordinariamente en familia. Pero a mí me tocaba “chaperonear” a mi hermana mayor, así que yo la acompañaba, con su novio (esposo desde hace bastantes años), a la ceremonia religiosa dominical. Y aunque el latín comenzaba a parecerme atractivo, las misas resultaban larguísimas y muy aburridas.

Luego, cumplido “el deber con Dios”, seguían los deberes, o placeres, sociales. Uno se iba a “Morelear”, es decir, a dar vueltas por la avenida Morelos, coche tras coche, a vuelta de rueda, para saludar a todos los conocidos y conocidas que transitaban por ese paseo. El sol brillaba radiante, y la gente siempre se veía confiada, alegre, libre, sonriente. El paseo llegaba hasta la alameda, y la rodeaba por la calle Donato Guerra, donde se encontraba la “inefable” “Botana”. Muchos de los coches se estacionaban ahí en batería, para ser atendidos por los meseros que llevaban tarros de cerveza y los platos de botana (bocadillos). Paella, alubias, calamares eran las más frecuentes.

A la hora de la comida, uno se encontraba a los paseantes de “la Morelos” en los principales restaurantes de la ciudad. El Apolo Palacio, La Americana, Doña Julia, Los Corrales, La Copa de Leche, Los Globos, Los Sauces, Los Farolitos, La Majada, Patio Alameda, El Campestre, etc.

El Apolo Palacio era uno de los lugares más distinguidos, un sitio con mucha tradición. Su fundador fue don Jorge Lambros Lagos, quien el 13 de mayo de 1933, lo estableció bajo la razón social de “Apolo”, Café y Nevería. Se encontraba ubicado, ya desde entonces en la céntrica calle Valdés Carrillo, que es la calle que delimita al poniente a nuestra Plaza de Armas, apenas a unos metros frente a lo que fuera el Casino de La Laguna.

Su vocación como restaurante surgió pronto, pues ya en 1935 el “Apolo” ofrecía comidas corridas por un peso. El menú que ofrecía por ese precio el viernes 21 de junio de ese año, consistía en sopa a la española, o consomé de pollo; filete de pescado empanizado o riñones lionesa; guisado de ternera a la romana, hamburguesa a la criolla, chuleta de ternera o de carnero, a la parrilla. Además, papas a la alemana, ensalada de lechuga y tomate, frijoles refritos. De postre, arroz con leche, o helado al gusto (Apolo especial de fresa, chocolate, vainilla, piña, naranja, mango o limón). Café, té o leche.

Don Jorge Lambros Lagos murió el 26 de octubre de 1980. Lamentablemente, su obra, el Apolo Palacio no le sobrevivió mucho tiempo, si acaso, seis años más.

Cuando uno salía de comer los domingos, ordinariamente era para ir al cine. Los tradicionales y mejor equipados eran el Nazas y el Torreón, con permanencia voluntaria. Pero los domingos, nadie repetía función. Salía uno ya anocheciendo, para volver a la “moreleada” es decir, para dar vueltas en el paseo de la avenida Morelos, o bien, para pasear por las aceras de esa avenida, al son de la serenata que brindaba la banda municipal que tocaba en el kiosco de la Plaza de Armas.